sábado, 9 de agosto de 2014

Ausencia

Se volvió hacia ambos lados, pero no encontró a nadie. El reloj marcaba las doce y ocho de la noche y el encargado le invitó amablemente a abandonar el lugar. No entendió aquella prisa por marchar, pero ante la insistencia del hombre pidió la cuenta y esperó. Le habían despertado de un hermoso sueño y aquel fluorescente procedente de la cocina le resultaba demasiado irritante como para seguir observando, por lo que cerró de nuevo los ojos y se dispuso a despedirse de aquella joven que unas horas antes hablaba sola por su auricular. No era hermosa, pero no le importaba en absoluto. Al fin y al cabo, él tampoco era ningún Don Juan. El último rayo de aquel caluroso día caía en su mejilla y lo interpretó como una señal. Deseaba escuchar su historia, pero la distancia y el excesivo bullicio del local le impedían entender una sola palabra de su boca. Ella hablaba y hablaba. Sola, con su auricular. De vez en cuando escuchaba y sonreía. Era alguien de lo más normal, y aquello lo encontraba terriblemente seductor. Sin dejar de mirarla, y de forma casi inconsciente, alargó su mano hasta el fondo del bolsillo de la chaqueta y palmeó a ciegas en su interior, en busca de su teléfono. Lo agarró con sutileza y lo elevó lentamente hacia su oreja. A medida que su mano subía el molesto tintineo metálico de fondo descendió, hasta resultar inexistente. Guiado por su imaginación, cerró los ojos. El resto de voces se apagaron de golpe. La suya, por el contrario, se clarificó. Comenzó a escucharla. Era ella, de eso no cabía ninguna duda. Hablaba con timidez, miedosa de hacerse notar. Cuando callaba a él se le disparaba el corazón, y finalmente optó por contarle a cerca de él, de sus problemas, y de lo que le había llevado a aquel local. Por momentos sus nervios le jugaban una mala pasada, pero ella sonreía y comenzaba de nuevo a hablar. Aquello era mágico. Demasiado como para ser real. Y sin duda no lo era, pero hubiese permanecido en aquella silla durante toda una eternidad. Sin embargo, aquel hombre le insistió amablemente en marchar y no le quedó más remedio que despertar. Había sido un sueño largo, tan largo que ya era de noche y se encontraba solo, sentado en la mesa de aquella esquina. Se volvió hacia ambos lados y no encontró a nadie. Entonces fue cuando pidió la cuenta, miró el reloj, y el parpadeo de aquel fluorescente procedente de la cocina le invitó a cerrar los ojos y despedirse de ella. Aunque para su desgracia, tampoco ella se encontraba ya en aquel lugar.




Ilustración: Sunlights in Cafeteria (1958), de Edward Hopper


Colección: Cuentos en el metro. David Beltran i Marí. 2014

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