sábado, 30 de agosto de 2014

Un lunes entre las cuatro y las seis

Son las 5.49. Aún quedan once minutos para que suene el despertador pero no puedo dormir. La marcha de Luis quizás me ha desvelado. Normalmente le oigo salir de la cama y andar torpemente hacia el baño. Espero a que abra el grifo de la ducha y cierre la puerta. Y entonces, a las 4.12 y con el impacto del agua en su piel duermo otra hora y 48 minutos. Justo cuando suena el despertador. Como cada lunes.

Ya marcan las 5.53. Lo miro fijamente. En silencio. Aguardo mi hora. El 3 da paso al 4. Sólo seis minutos me restan. No sé que hacer. No sé que me ocurre. Comienzo a sentir frío en los pies. Me giro y miro hacia la ventana. Siempre estuvo entreabierta. Luis la abre antes de irse a trabajar. Sabe que me gusta, y a él le gusta hacerlo, y mirarme brevemente mientras duermo. Pero no hoy. Hoy es distinto. Nunca he sentido tanto frío en los pies. Decido levantarme. Y al hacerlo ocurre algo extraño. Una imagen atraviesa fugazmente mi memoria, pero no consigo retenerla. Quizás sólo fue un sueño. Quizás siga dormida, esperando a que suene el despertador.

No consigo recordar que hice ayer. Me veo desnuda y pienso que quizás por eso me desvelé. Intento abrigarme con un albornoz. No sé que me ocurre. El frío atraviesa mi piel y se detiene en los huesos. Me paraliza. Intento calmarme. Pensar que todo es un sueño. Aguanta Clara. Ya queda poco. Pronto serán las seis. Como cada lunes. Pero el dolor no cesa. Tras unos instantes me da una tregua. Me repongo y me acerco a la cocina. Enciendo el fogón y dejo reposar el café.

El agua corre y yo me meto dentro. Está fría. Giro la clavija hasta quedarme sin juego, pero la sigo notando fría. Poco a poco aparece el vapor. ¡Dios, no consigo recordar que hice ayer! Tras un par de minutos dejo de verme los pies. Y entre la niebla me oculto, pero no consigo desaparecer. El olor a café se intensifica. Viajo en su aroma. Recuerdo a mi padre, leyendo el periódico en aquella vetusta mesa del salón. No sé que fue de ella. Supongo que también murió. Nadie soporta el paso del tiempo, ni siquiera el recuerdo. O quizás si. No lo sé.

Y es entonces cuando decido salir. Me miro al espejo y me contemplo. Estoy desnuda. Desnuda y herida. Me siento frágil. La piel se me eriza. ¡Dios, ¿qué coño hice ayer?! Huyo del baño y doy con el suelo. Mis pies no quieren seguir con esta farsa. Es hora de recordar. Recordar lo que hice. Recordar lo que decidí no hacer. El cariño con el que ayer me abrazaba y que yo no supe corresponder. Simplemente estaba allí, en el suelo. Su pene me ardía. Él sudaba de amor y yo fría como la nieve, arañaba el suelo, tratando de desaparecer. Pasaron los minutos. Su aliento me trasladó al café. Y el café a aquella vetusta mesa en la que mi padre hojeaba el periódico. Como cada lunes. Qué hijo de puta. Yo lloraba y él ardía. Hasta que un día aprendí a dejarme hacer. Y esconderme en el vacío, esperando a que sonaran las seis.

Pero nadie soporta el paso del tiempo. Y el despertador suena. Y Luis se levanta. Y mi padre se levanta. Y yo me quedo allí, fría como el suelo que me ampara. Y trato de calmarme. Quizás hoy no vaya a trabajar. Quizás me quede en casa, tratando de olvidar. Pero sé que eso es imposible. Reposo en silencio. Poco a poco comienzo a sentir los pies. Y por fin, consigo levantarme, apagar el despertador y tomarme aquel maldito café.


Como cada lunes.




Ilustración: Summer Interior (1909), de Edward Hopper.

Colección: Cuentos en el metro. David Beltran i Marí. 2014.

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