miércoles, 17 de diciembre de 2014

Recuerdos de invierno

Recuerdo la primera vez que escuché el nombre de mi padre. Era diciembre y desde la ventana del fregadero tan sólo alcanzaba a ver la esquina del parque donde Jordi y yo imitábamos a Ronaldo Nazario y su particular manera de celebrar los goles haciendo el avión. Por entonces todavía vivíamos en aquel pequeño piso de la calle Muntaner.

Resultó extraño, porque en el momento de producirse yo no fui consciente de estar oyendo su nombre, algo que sólo comprendí con el paso de los años. Pero alguna fuerza inexplicable dentro de mí supo sin duda de qué se trataba, conservando intacta la imagen de aquella fría tarde en la trastienda de mi aún infantil memoria.

Mi madre nunca nos habló de él. Lo único que sabíamos mi hermana Eli y yo es que no estaba y que poco importaba ya el porqué, pues tan poco podríamos hacer nada por evitarlo. Siempre me dio la sensación de que mi madre no le guardaba un grato recuerdo, pero tampoco podría asegurarlo porqué nunca mencionó su nombre, ni siquiera a terceras personas, a excepción de aquella tarde de invierno.

Recuerdo el sabor de aquel bizcocho de almendras y plátano y cuánto me arrepentí por descuidarlo en la mesa para ir a mi cuarto, justo al alcance de la vieja Luna. Mi madre era dependienta de una pequeña heladería cerca de Granados, y aquello era sin duda el mejor trabajo que una madre podía tener, especialmente a la hora de la merienda.

Sin embargo, ella no parecía tan satisfecha como yo, y a menudo amanecía tomando café mientras ojeaba nuevas vacantes de empleo en el periódico. A veces incluso parecía dar con algo, y entonces sonreía y me dejaba comer su parte del bizcocho, no sin antes acallar las quejas de mi hermana. A mí me sorprendía verla de aquel modo, pero también sonreía porque sabía que aquella tarde iríamos a merendar a la heladería y podría llamar a Jordi y pasar la tarde jugando al balón.

Más tarde llegaron otros trabajos. Pero ella nunca dejaba de ojear el periódico. Hoy creo que nunca quedó satisfecha con su búsqueda, y extraño haber podido charlar con ella de todo aquello. Mañana hará dos años que la enterramos. También era diciembre. Como hoy. Como aquella tarde en la que oí el nombre de mi padre por primera vez. Me pregunto cómo lo vivió Eli. Debería llamarla algún día. Hace tiempo que no la veo.

Recuerdo que aquella mañana mi tía tuvo un accidente con su viejo coche, y cómo su voz, más áspera que de costumbre a causa del temporal, maldecía con toda clase de improperios a ese pobre anciano que cruzó la calle sin mirar. Mi madre no solía prestarle mucha atención, algo que mi tía jamás echó en falta, pues seguía viniendo cada tarde y rara vez dejaba de hablar.

Aquella tarde desde luego no era diferente, salvo que el teléfono sonó, y el monólogo de mi tía quedó interrumpido. Mi madre descolgó el aparato y durante unos instantes bendijo aquella llamada. Al oír su voz, no obstante, su cara palideció. Le identificó en el acto, de eso no hay duda, e instintivamente me miró. Se apartó suavemente el teléfono de la oreja y lo silenció con su mano derecha. Seguidamente miró a mi tía y sin mediar palabra ella lo entendió, puso sus ojos grises sobre los míos e indicó mi dormitorio. Yo quise replicar, pues aún no había terminado de merendar, pero aquella mirada me hizo entender que se trataba de una batalla perdida incluso antes de haberla comenzado, para alegría de la vieja Luna, quién se tomó a mi salud una ración extra de almendra y plátano.

Ya en mi cuarto y sin saber qué hacer, me entretuve observando a través de la ventana. No había hojas en los árboles, y hacía demasiado frío como para ver a Toni El mendigo dormir en su habitual banco. Seguramente emigró a algún barrio más cálido, pensé. Fue entonces que el crujido del teléfono al colgar me devolvió a la realidad de mi habitación. Me acerqué a la puerta y deposité mi oreja en el centro. No se oía nada allí afuera. Mi tía no habló. Debió verlo en su cara. Pasaron los segundos y el silencio seguía oprimiendo a aquellas dos mujeres sentadas en el deteriorado sofá del salón. Ni siquiera la vieja Luna alzó la voz, quizás demasiado ocupada saboreando las últimas migajas. Tampoco lo hizo Eli, aunque aquello no me extrañó. Ella nunca hablaba.

Pasó el tiempo. Los segundos se hicieron minutos y los minutos horas, o así es como yo lo sentía, y cuando mi curiosidad pueril me llevó a empuñar la manija de la puerta, dispuesto a salir de aquella celda donde me tenían recluido y ver con mis propios ojos lo que estaba ocurriendo, mi madre debió sentir la necesidad imperiosa de compartirlo con su hermana, fruto de un arrebato emocional incontrolable.

- Era Jaime. El hijoputa quiere verlos.





 Ilustración: Sun in an Empty Room (1963), de Edward Hopper.

Colección: Cuentos en el metro. David Beltran i Marí. 2014.