jueves, 27 de octubre de 2016

Un tipo atrapado entre El Vedado y La Habana Vieja

Estábamos los tres esperando en un muro entre 17 y L, cuando se nos paró enfrente una señora y con la mirada en ninguna parte nos pidió que la dejásemos hacer una pregunta. Que si nosotros, que éramos jóvenes y entendíamos de teléfonos, sabíamos si todavía existía aquel contestador automático que le atendía a uno y le decía el número que andaba buscando cuando se hacía una llamada a una línea extranjera equivocadamente. Que le había llamado un señor advirtiéndola de un tipo atrapado en su casa, a tres cuadras del malecón entre El Vedado y La Habana Vieja, y estaba asustada y había salido en su auxilio. Que ahora que lo pensaba era posible que todo aquello se tratase de una burla, dado que el señor se la pasaba molestando y llamando, y que le gustaba gastar ese tipo de bromas pesadas. Que dejáramos que ella lo agarrase un día para que nosotros viéramos que se iba a enterar. Luego empezaron a pasar carros por detrás de la señora y ya no se la escuchaba nada, pero la mujer no dejó nunca de hablar. No parecía atender si la estábamos escuchando, pues ella tampoco nos escuchaba a nosotros. Al rato se fue, con una muleta de madera en la mano, que no usaba ni falta que le hacía, pues caminaba perfectamente. Entonces llegó Ernesto, que era a quien en realidad esperábamos, y Toni le preguntó si él que era el más viejo de los cuatro sabía algo de un contestador, a lo que Ernesto zanjó que lo único que sucedía con esa mujer es que estaba loca. Entramos en una tienda panamericana y compramos una botella de ron. No había mucha gente por ser un miércoles cualquiera y desde nuestro banco podíamos ver las olas romper contra el arrecife y aterrizar en el malecón. Se acercaba el día en que nací y Rodrigo y yo nos despedimos de Toni y Ernesto para coger la guagua que nos devolviera a San Antonio. De camino compramos otra botella y en la guagua gritamos cualquier cosa sin importarnos que cosa era en realidad. Nunca supe que es lo que él gritaba y lo mismo pareciera ocurrirle a él conmigo. Entonces Rodrigo tuvo que bajarse para orinar y yo bajé con él y para cuando me di cuenta ya tenía veinticinco años. 

Hoy soñé que mi madre trataba de llamarme desde el extranjero para felicitarme por mi aniversario y no existía contestador automático que le atendiera y le diese el número que buscaba, y asustada salía a la calle a preguntar a unos muchachos si eso era posible, mientras los tres hacían como que la escuchaban y los carros le pasaban por detrás. Pensé si en realidad esa mujer no estaba loca y nada de lo que le advirtió ese hombre que era Dios fuese una broma. Que el tipo atrapado entre El Vedado y La Habana Vieja no era otro que yo mismo, y ni mi madre ni nadie podría auxiliarme porque en este mundo de gente cuerda que siempre encuentra algo que decir nadie escucha nunca, mientras las olas silentes rompen contra el arrecife y aterrizan muertas en el malecón.





 Ilustración: Square Rock, Ogunguit (1914), de Edward Hopper.

Colección: Cuentos en el metro. David Beltran i Marí. 2016.

sábado, 8 de octubre de 2016

Crónica de dos soldados

A las 4.45 de la madrugada de un jueves, el soldado Basauri, perdido en la sierra, escuchó el crujir de una rama a escasos metros. Trató sigilosamente de refugiarse detrás del árbol más cercano y observó al frente. La oscuridad de la noche le impidió ver nada, y decidió esperar. A las 4.51 siguió sin escuchar nada, y dedujo que el crujir de aquella rama no tenía importancia. A las 4.54, cansado de esperar, decidió salir del árbol. Fue entonces que escuchó la primera bala salir de un fusil enemigo, y cómo ésta impactó en el fango a treinta centímetros de su pie izquierdo. Echó el cuerpo a tierra, y arrastrándose, regresó al árbol. A las 4.55 creyó que su corazón iba a estallarle. Pensó en disparar a ciegas, pero recordó que no tenía una sola bala en su fusil. Tan sólo el viejo machete de su padre le protegía. A las 5.07 levantó con sigilo su cuerpo, cuando la segunda bala enemiga cruzó el viento y perforó su hombro derecho. El soldado Basauri cayó al suelo. A las 5.08 apretó tanto la mandíbula que oyó como un diente se partió y reposó en su lengua. A las 5.10 palpó con su brazo izquierdo su hombro derecho y sintió el espesor de su propia sangre. A las 5.13 distinguió su machete a dos metros de su cuerpo. A las 5.17 resolvió que la mejor idea era llegar hasta su machete. A las 5.18 trató de levantarse, cuando una tercera bala enemiga agujereó su abdomen. Ésta vez, al caer al suelo, no sintió nada. A las 5.19 escupió su saliva, mezclada con más sangre, y trató con todas sus fuerzas de recoger una última bocanada de aire. A las 5.20 pensó en su esposa y en su hija de tres años. Una lágrima recorrió inadvertida el pómulo izquierdo y se suspendió en la comisura de los labios al no verse capaz de cumplir su promesa de regresar. A las 5.21 empuñó su machete y gritó con fuerza. Decidió guiar con sus bramidos al enemigo hasta su posición, y entonces clavarle el machete de su padre en la boca del estomago, para que así él tampoco pudiese regresar. A las 5.48 no le quedaba voz. A las 6.15 entendió que el enemigo no iba a dejarse atrapar. A las 6.48 vio a su madre con el primer rayo del día, y supo que se moría. A las 6.49 levantó el brazo izquierdo que empuñaba el machete y lo levantó ofreciéndolo a su padre. Una última bala golpeó entonces la punta del machete, y para cuando cayó al suelo, el soldado Basauri ya no respiraba.

En ese mismo instante, al otro lado frente, el soldado Mauricio observaba en silencio. El dolor en su vientre era insoportable. A las 6.50 quitó su camisa, y, descubierto, esperó. A las 6.51 bajó su fusil y encendió un cigarro que ocultó con su mano derecha, mientras presionaba la zurda contra su intestino grueso. A las 6.52 contempló que amanecía, y un temblor recorrió su tripa. A las 6.53 se convenció que el soldado enemigo se encontraba abatido, y no habría mejor momento que aquél para defecar después de ocho días. Salió del árbol y se bajó los pantalones, cuando un sonido seco le asustó. Trató de disparar, pero ya no le quedaban balas. Se escondió en el árbol, y sin poder hacer nada por evitarlo, se cagó encima. A las 6.54 decidió salir del árbol e ir en busca de su enemigo. A las 7.16 lo encontró muerto, boca abajo, con los ojos abiertos y un machete en su mano. A las 7.21 seguía mirándolo. Era su primer cadáver. A las 7.28 rompió a llorar y se inclinó ante el cuerpo sin vida del adversario. A las 7.29, agarró el puño izquierdo del soldado que sujetaba el viejo machete cercenado y lo clavó en su estómago. A las 7.35 de la mañana de un jueves, el soldado Mauricio murió abrazado al cuerpo de su enemigo.

Para cuando los encontraron, ya eran un solo y nadie supo distinguir jamás quien fue el soldado Basauri y quien el soldado Mauricio.




Ilustración: Ernest Descals i Pujol
Colección: Cuentos en el metro. David Beltran i Marí. 2016